Dípticos de la piedad

Hero Component – Uniempresarial Dípticos de la piedad Relato que contrasta distintas visiones del matrimonio y el amor a través de historias marcadas por la ilusión, la frustración y la reconstrucción personal, con un trasfondo social entre Colombia, Europa e India. Autor: Juan Alfredo Pinto Fecha: 27 Mar 2026 Lectura: 25 min Content Component – Uniempresarial Matrimonio Relaciones Reflexión Dípticos de la Piedad Donde no hubo ilusión por un amor tampoco habrá decepción. En India los matrimonios se arreglan por las familias pues ellas son las que finalmente se casan. Incluso en estos tiempos de auge mediático, plenos de modernos casamenteros como las secciones de clasificados matrimoniales en los diarios gracias a las cuales los parientes de los que van a ser cónyuges y pertenecen a la misma casta entran en contacto o como las páginas de internet que permiten desde la distancia a los interesados efectuar la selección y organizar el majestuoso ágape nupcial, los familiares y los contrayentes no hacen votos por la estabilidad ni se forjan ilusiones sobre la pareja sino sobre la boda, sobre la nueva familia donde ella va a morar, sobre los trajes y las joyas, sobre la dote que se pagará por el novio, sobre lo inmediato. Y ello es así por cuanto lo demás ya está determinado por la fuerza del destino que es sabia, posee equilibrios intrínsecos pues de su estática se encargan docenas de dioses que guardan en su memoria el libreto de la eternidad. No sucede igual en los demás continentes donde nunca se acaba de aprender a practicar el viejo aserto según el cual “es bueno tener ilusiones, lo malo es ilusionarse”. Poseído de su capacidad transformadora de las realidades el hombre en occidente y en casi todo el resto del globo, cada vez deja menos espacio a los dioses para forjar su destino, convierte su vida en un juego de tensiones entre la ilusión condensada, eso que llaman ahora proyecto de vida, y la realidad que se encarga de hacer la trampa a la ruta planeada, colocando una escoba detrás de la puerta con la cual el dios Cronos cambia las fechas del programa, llenando de trampas o alegrías la existencia, dejándole saber a piadosos y racionales, que no todo es predestinación mas tampoco desarrollo planeado, que la receta del buen vivir está siempre sin acabar pues más allá de los ingredientes fundamentales, el gusto de vivir depende de la sazón de las almas. Martha Cecilia Quicazán fue la mejor bachiller del Caquetá. Nacida en San José del Fragua superó todas las barreras que le impuso su origen provinciano y popular, pues su padre era un músico de la banda departamental y su madre manejaba la miscelánea de la familia en predios vecinos a la plaza de mercado. Estudió sociología en la Universidad Nacional por lo cual recibió la influencia de las ideas de izquierda, pero mantuvo una cierta lealtad con la tradicional preceptiva familiar. Luego de dos o tres noviazgos durante su período de estudios universitarios en la capital, formalizó su relación con Jorge Antonio Cuervo, contador y administrador de negocios, nacido al occidente de Cundinamarca en la región de Gualivá, cuya familia tuvo una finca panelera en el Alto del Trigo y alcanzó cierto renombre cuando su madre se hizo conocer por los helados caseros de pura fruta que convirtieron su pequeño negocio en la mejor heladería de Útica. Jorge Antonio se crió como los consentidos de pueblo siguiendo el clásico recorrido de acólito de la parroquia, pajecito de boda, miembro de la banda de guerra del colegio, trampolinista y serenatero hasta cuando empezó a fallar en los estudios pues sólo le gustaba hablar de carros y relojes, discutible cualidad que mantuvo hasta su edad adulta en Bogotá, donde tras su matrimonio con Martha emprendió ciento y un negocios sin éxito, dilapidando la herencia familiar, posando de acaudalado en certámenes hípicos o en concursos caninos, dos ambientes en los cuales sentía haber superado su condición pueblerina y su levedad bien vestida. Ocasionalmente Jorge Antonio visitaba los casinos donde despilfarraba apostando gruesas sumas en opciones de baja probabilidad. Sostenía que el verdadero jugador tomaba cuotas de azar inmensas para llevar a la quiebra los garitos. Nunca condujo a la bancarrota un casino pero en cambio sus costosos relojes suizos fueron a parar a la muñeca de los gerentes de las casas de juego. Su verdadera desgracia fueron los juegos de negocios reales de cuyo riesgo nunca tuvo verdadera conciencia. Lanzó la cubierta protectora de los vehículos para dejarlos a la intemperie la cual se extendía con apoyo de brazos electrónicos inteligentes, una aplicación robótica que resulto de mayor costo que los objetos de su protección. Promovió un medicamento para impedir el crecimiento de las uñas, un medidor de cantidades de alcohol en la sangre el cual generaría un clic como alerta temprana a los beodos, llegó a ofrecer helados para engordar a domicilio bajo el argumento de que estaba tomando curso un movimiento de resistencia a favor de la obesidad. Dicen que la esencia de los matrimonios bien avenidos es la diferencia de caracteres que hace posible la complementariedad. Los nuevos especialistas en terapia familiar muestran como ejemplo negativo las parejas de intelectuales que suelen fracasar cuando cada uno habla para escucharse a sí mismo. Empero, también es reconocida la volatilidad de las uniones donde la desproporción en cuanto a conocimientos y bagaje cultural es tal que, tan pronto la pasión declina, los esposos dejan de soportarse, lo único que alarga el ciclo conyugal es la reproducción que se agota como factor de convergencia una vez los hijos comienzan sus estudios y aparecen las agrias discusiones sobre el sentido y los métodos de la crianza. Martha Quicazán era sensible e inteligente. Jorge Antonio ni lo uno ni lo otro. Ella perfiló su vida profesional como profesora universitaria y de vez en cuando incurrió en los extravíos femeninos tangentes al tedio. El encontró su par en una azafata en trance de jubilación que vendía relojes de

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